Las calles y plazas de Mula son recorridas en Semana Santa por un gran número de destacadas piezas de imaginería que durante el resto del año han descansado en parroquias y ermitas. Es ahora el momento de engalanarlas y sacarlas a la calle sobre sus tronos en busca de los ojos de muleños, visitantes y penitentes. Miércoles, Jueves y Viernes Santo a la caída de la Tarde, Jueves Santo de madrugada y en la mañana del Domingo de Resurrección, las esculturas de destacados seguidores de la escuela de Francisco Salzillo o de nuevos imagineros apadrinados por el mecenazgo de recientes cofradías (como José Sánchez Lozano o Ramón Cuenca respectivamente), se mezclan con la luz, el color y la suave temperatura de la temprana primavera.

Pero antes de que la cera de las velas haya goteado las empinadas calles con la primera procesión, Mula ya ha escuchado el peculiar sonido de su Semana Santa. “La Noche de Los Tambores” es la fiesta más singular que tiene lugar en Mula a lo largo de todo el calendario. El Martes Santo a las 12 de la noche, una corneta señala el momento en el que a los miles de tamboristas, reunidos en la Plaza del Ayuntamiento y vestidos con túnicas negras, les es “permitido” hacer sonar las cajas de sus tambores. Ininterrumpidamente y hasta las 4 de la tarde del Miércoles Santo, la ensordecedora música acallará cualquier otro atisbo de sonido provenga de donde provenga. El Viernes Santo desde la mañana y el Domingo de Resurrección desde el mediodía vuelve a repetirse el episodio dentro de los horarios que el Bando de la Alcaldía establece y difunde antes del comienzo de la Semana Santa.
El origen de esta singular fiesta, declarada de Interés Turístico Nacional, parece que distaba mucho de rendir fidelidad al recogimiento de la Semana Santa que siempre han divulgado los poderes eclesiásticos. Las ordenanzas municipales recogen, al menos desde mediados del XIX, recomendaciones para el buen comportamiento de los habitantes de la Villa y prohibiciones expresas de “andar por las calles con tambores” si no es dentro de las procesiones y con permiso de la autoridad. Debió ser en este siglo y por estas fechas cuando se consolida la costumbre, asociada al pueblo y denostada por la iglesia y por la clase burguesa.
Tras este controvertido nacimiento del toque del tambor en Mula, llegaron los continuos impedimentos que los tamboristas encontraron a lo largo de los siglos XIX y XX. Todas estas trabas puestas a la fiesta del tambor estaban encabezadas por la Iglesia y el Ayuntamiento, pero cuanto más se reafirmaban los contrarios a la fiesta, ésta parecía reavivarse, aunque casi siempre bajo un continuado y exhaustivo control municipal.
Tras la caída del franquismo los tambores comenzaron a tener el respaldo de las autoridades, que vieron en esta costumbre una fiesta original y que ofrecía un carácter distintivo al municipio. Esto ayudó considerablemente a que en 1990 fuese reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional por las instituciones y a que en el año 2009 haya sido reconocida como Interés Turístico Naiconal.